Mostrando entradas con la etiqueta redismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta redismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de mayo de 2013

¿A quién le importa la universidad?

Cuando se lee sobre la sociedad posmoderna, llama la atención que los autores suelen señalar la importancia de la universidad como un elemento central, básico, fundamental, para la sociedad. Echen un ojo a Bell, Touraine, Bauman, Castells... Todos dicen que la universidad será o es una institución estratégica
El caso es que si esto fuera así, me cuesta entender el hecho de que, con la que está cayendo, nada pase en la universidad española ni a nadie le importe qué suceda en ella. Piensen en qué habría pasado hace unos años en una situación similar: encierros, manifestaciones, ciclos, fiestas (caramba, me acabo de acordar de las tiendas en los jardines de la universidad durante las añejas protestas del 0,7)... 
Hoy, apenas hay actos testimoniales (con más de lamento por lo perdido que de propuestas) que subrayan que la universidad ha perdido completamente la centralidad del discurso social. ¿Se equivocaban los doctores con gafas que hemos leído o se limitaban a replicar el meme de un deseo de unos, al fin y al cabo, también académicos?

jueves, 4 de octubre de 2012

La Ryder Cup y la nación europea

Será fruto de las fiebres y el resfriado, pero viendo las imágenes de la celebración de la victoria del equipo europeo de la Ryder Cup, envueltos en la bandera europea, me pregunto si no estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo nacionalismo.
Ya sabemos que el nacionalismo clásico siguió el modelo de la red centralizada telegráfica sufragada por la burguesía, interesada en acceder y distribuir la información rápidamente para tener ventaja ante la competencia. 
En nuestros días, la burguesía con yates hace negocios y crea redes clientelares en los campos de golf, casi más que en los consejos de administración de sus bancos o periódicos. A esta, los antiguos estados nacionales se le han quedado pequeños o son un molesto intermediario entre el verdadero centro de decisión (Bruselas) y sus intereses. 
Yo no he visto ningún uso de la bandera europea en las grandes celebraciones populares, pero, si el ejemplo de la Ryder cunde en más ámbitos, ¿formará la bandera europea y la ideología consiguiente parte de los memes de la masa (dado que las clases bajas imitan a las altas)? ¿Han finiquitado ya las familias de siempre el nacionalismo español por la escasez de rentas para centrarse en Europa? Igual que se usó la prensa y la escuela para esparcir la pertenencia a comunidades imaginadas, ¿se estarán usando ahora para crear la idea de una nación europea? 
Lo dicho, elucubraciones febriles...

miércoles, 11 de julio de 2012

Conectismo hasta en diccionarios

Todo es red, desde el genoma a Internet. Si algo le tenemos que agradecer a los libros de caras es que lo hayan hecho evidente a todo el mundo. El icono de la red sustituye poco a poco a otros bien interiorizados incluso en áreas aparentemente lejanas a estos temas. En Antropología, por ejemplo, Clifford Geertz ya señaló que «El hombre es un animal suspendido en redes de significado que él mismo teje» (traducción propia de The Interpretation of Cultures, 1993: 5). 
Pues bien, he podido usar Wordflex, un diccionario visual que muestra en 2D la idea compleja de que todas las palabras se interrelacionan en una madeja intrincada de la que forma parte, a su vez, la cultura. O sea, muestra claramente la idea de Geertz que tanto cuesta enseñar al neófito. En español ya está hecho lo difícil, el excelente Redes, ojalá alguien diseñe pronto una visualización que responda a la realidad. Eso sí, abierto y para todos.

viernes, 11 de mayo de 2012

Nuestra zombi cultura financiera

Los acontecimientos hacia algo que no sabemos se suceden tan rápido que apenas podemos reparar en lo simbólico de muchos sucesos. Uno de ellos es la desaparición de las cajas de ahorro.
Como es sabido, las cajas nacen a imitación de un modelo europeo que surge en Suiza a finales del XIX y se extiende por Inglaterra y Francia en la primera mitad del XIX. En España, se creó la primera en Jerez, una de las perlas de la fugazmente pujante Andalucía de la primera mitad del XIX. Poco después, en 1838, le siguió la Caja de Madrid, matriz de la recientemente nacionalizada Bankia.
Para que se creara las cajas tuvo que pasar algo trascendental: se planteó el cobro de intereses para los préstamos en concepto de "gastos de gestión". ¿Por qué no se planteó antes? Por la misma razón por la que no hubo bancos, como los entendemos, en España hasta la segunda mitad del XIX.
Los bancos se generalizan con la segunda ola. En España hay intentos con Carlos III (Banco de San Carlos), Fernando VII (Banco de San Fernando) e Isabel II (Banco de Isabel II), pero siempre tuvieron un pie en la ruina y funcionaban a trancas y barrancas. El problema era el pecado, el de la usura, en concreto.
Por resumirlo, los países de cultura católica tenían que lidiar con el hecho de que para la Iglesia los intereses por préstamo eran pecado. Todavía en 1891, el papa Leon XIII —en Rerum Novarum, una enclítica de la que hablaremos muchas veces porque era la respuesta de la Iglesia ante los retos de la era industrial— tacha al interés de "usura" (ya lo había recordado el Santo Oficio en 1836) y anuncia la preferencia de la Iglesia por los pobres frente a los ricos (siempre sospechosos). En definitiva, sienta las bases de la paradójica doctrina social católica ("izquierdista en lo económico, conservadora en lo social") que, a pesar de lo que pretendía, abonó el terreno al socialismo y el comunismo (véase la moderna Teología de la Liberación). ¿Cómo se apañaban los países católicos cuando necesitaban financiación?
Básicamente, pidiéndolo a bancas extranjeras (recordad los Fúcar del Siglo de Oro) o con inventos como los italianos Montes de Piedad (o montepíos) fundados a finales del Renacimiento para combatir la usura, por mucho que algunos quieran olvidarlo, prestando sumas modestas con la garantía de joyas o pequeñas propiedades. En el caso de España, dado el mismo origen y muy similar objetivo, se acabaron fundiendo con las cajas, de ahí el «apellido» de todas ellas (Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Getafe, por ejemplo).
Y cuando surgen la mayoría de los grandes bancos actuales (1857), ¿en qué se diferencian de las cajas? Los bancos eran empresas, por tanto, cobraban intereses. Las cajas eran fundaciones y las ganancias debían dedicarlas a la "obra social". ¿Quién decidía qué era obra social? Pues la sociedad, representada, claro, por los políticos que se sentaban en los consejos de administración codo a codo con los representantes de la Iglesia, en el caso de las cajas en las que seguían conservando participación.
Cuando las cajas desaparecieron hace un par de años, se habló de una nueva época financiera. Algunos creíamos que quizá supondría un cambio de paradigma cultural: ¿dejarían de ser sospechosos los ricos solo por serlo, dejaría el mercado de ser un ser maléfico y animado, dejaría el dinero de ser tabú hasta el extremo de ser negado?...
Dos años después, quincemismo por medio, está claro que el peso de la cultura es muy fuerte y seguimos mirando recelosos, como católicos culturales que somos, a todo lo que huele a dinero y mercado.

jueves, 3 de mayo de 2012

¿Es Vargas Llosa un zombi?

Al hilo del último ensayo del transnacional premio Nobel Mario Vargas Llosa, El espectáculo de la Cultura, creo que los medios zombis (básicamente los del grupo PRISA que promocionan y se ocupan del libro) deberían tener en cuenta algunos conceptos de la ética hacker que ayudan a explicar lo que al Nobel le indigna: que el valor de la alta cultura se ha perdido en favor del banal entretenimiento.
Vaya por delante que no he leído aún El espectáculo de la Cultura, pero creo tener, por lo adelantado en los medios y la presentación del autor a la que asistí en Madrid, una idea suficiente para señalar un par de cuestiones que completan y, en cierta forma, contradicen la tesis de Vargas Llosa. 
1. La ausencia de intermediario

La discusión sobre qué es cultura, es un clásico en la discusión intelectual desde el Renacimiento hasta el siglo XX. Vargas Llosa se lamenta sólo por la supuesta muerte de una clase de cultura: la «alta cultura», «cultura con mayúsculas», «cultura escolar» o cualquier otro término con el que queramos llamar al corpus cultural propio de la burguesía, por tanto, propio de la segunda ola y la era industrial caracterizada por la separación entre consumidor y productor, como señalaba Alvin Toffler. En lo que respecta a la cultura, había una élite que seleccionaba lo que era digno de pertenecer al canon según sus ideales (de ahí que el marxismo reivindicara el arte popular como herramienta para acceder a las masas). Es decir, durante unos siglos nos acostumbramos a la presencia de un intermediario que decidía cuál era la cultura digna de ser consumida.
Con la era informacional, o nueva revolución industrial, el papel del intermediario desaparece porque el consumidor y el productor tienen un escenario donde encontrarse, sin necesidad de filtros, formando una comunidad que atiende solo al gusto o las inquietudes que los reconfortan. En consecuencia, la clase que hasta ayer decidía se queda perpleja, pero no solo porque ya no son tenidos en cuenta para decidir qué es arte o cultura, sino porque formas culturales que se tenían que conformar con vivir en las catacumbas ganan espacio y repercusión. Lo que nos lleva al segundo punto.
2.  El prosumidor
Durante la segunda ola, el arte o provenía del artista,  reconocido como tal, o del artesano que salvaguardaba el espíritu popular-nacional. La industria elegía según sus intereses la obra cultural que conviniera, la procesaba y la vendía para el consumo. Así era con el cine, la literatura, la pintura... Es cierto que había también una cultura académica que a veces no coincidía en un primer momento con el gusto general, pero también lo es que era sólo inicialmente y que era vital para filtrar, decidir y estabilizar el canon escolar-nacional. La vía de comunicación era unidireccional y al consumidor solo le quedaba acatar.
La era informacional acaba con la mencionada separación de papeles entre consumidores y productores: los ciudadanos somos prosumidores. También cuando hablamos de cultura: no necesitamos intermediarios, podemos exponer directamente nuestra obra al consumo (véase el ejemplo de este mismo blog). La herramientas de edición y de publicación permiten que cualquiera pueda devolver al procomún su producto cultural: aparece el fenómeno de la autoedición en Amazon y similares, pero también las películas filmadas con pocos medios, la música... El ciudadano cognitario de la era informacional publica, por ejemplo, sus libros sin esperar a ninguna editorial y los somete al juicio de su comunidad, la que le importa.
En cualquier caso, como bien señala el escritor y crítico Gustavo Faverón, el tener un título (premio Nobel en este caso) no exime de la obligación de estudiar un tema antes de hablar de él, de esa manera Vargas Llosa quizá hubiera caído en que es el final de UN mundo, pero no DEL mundo.

martes, 13 de marzo de 2012

Lo zombi y lo hacker de Coursekit

Ya puedo contar lo que me gusta y lo que no me gusta de Coursekit después de trastear y usarlo en alguna clase.
Me gusta el que sea gratuito, fácil, estable, intuitivo y esté disponible en línea.
No me gusta que no conocemos su línea de negocio y que no oculta que se inspira en Facebook, lo que significa crear una red centralizada para comerciar con nuestros datos y la información de nuestros cursos (lo que incluirá los materiales, el enfoque o las estrategias).
Pero, sobre todo, no me gusta que es una herramienta educativa zombi que sigue respondiendo a un esquema de la era industrial en el que el profesor es el centro y proveedor de la información, y los alumnos son tratados como materia prima a la que hay que trasformar en una cadena de montaje. Hay interacción, claro, pero no devolucionismo intelectual (siquiera una licencia Creative Commons) ni descentralización, entre otros principios del aprendizaje hacker.
En resumen, Coursekit es viejuno aunque parezca modernuqui, por lo tanto, al igual que casos similares, le auguro muchos cursos de formación, ponencias en congresos y hasta tesis doctorales: mucho éxito (lamentablemente).

lunes, 5 de marzo de 2012

Ante la crisis: recomunar y conectar

Las naciones modernas se crean, entre otras formas, mediante la cesión al estado de la gestión de ciertos aspectos que antes quedaban bajo la responsabilidad comunal. Hasta bien entrado el XIX, las hermandades, por ejemplo, gestionaban la seguridad de pueblos y caminos o la sanidad, y los concejos, en el mundo rural, administraban campos y bosques de propiedad común; no estoy idelizando el pasado, a veces funcionaba y otras no, pero era la respuesta común a una necesidad.
En nuestros días tenemos necesidades que esperamos que sean resueltas por otro. Mientras tanto, asistimos a la descomposición del estado (ese «otro»)  por la cesión de autoridad por arriba (como la UE) y su cuestionada legitimidad por debajo (democracia real). Dada la estrechez cada vez mayor de la capa de clase media que soporta los impuestos y la ideología nacionalista, además del auge de los actores no estatales en los conflictos, el estado pierde presencia, recursos y autoridad.
Ante este panorama, los zombis lloran y maldicen. Otros miran a su alrededor y se organizan para recuperar (recomunar) lo que fue casi siempre administrado por la comunidad real: huertos, fábricas, escuelas, bancos o dinero... Dentro de poco, aguas, carreteras y seguridad, por ejemplo.
En la comunidad, organizada según el icono de las redes, éstá la solución. La parte mala es que no podrás echar la culpa a nadie porque dependerá de ti, si estás dispuesto...